Columna ► Obama: El poder está en el relato

*Esta columna fue publicada en mi espacio “De la A a la Z”, de La Tercera Blogs.

2008-10-11-BarackisHopeA pocas horas de saber cómo se escribirá el próximo capítulo de la historia estadounidense, el aire que se respira en las calles de Washington está cargado de una expectación tan profunda que sólo parece asimilable a la que precede a los grandes fenómenos de la naturaleza. Más allá de quien resulte ganador, la encrucijada actual en que se halla Estados Unidos ciertamente contribuye a este ambiente de ansiedad y acrecienta los desafíos para la nueva administración. Al nuevo Presidente le tocará levantar la alicaída moral nacional, lidiar con la debacle financiera, cumplir las numerosas promesas hechas a lo largo de dos años de campaña, y reconstruir lazos con la comunidad internacional en momentos en que el orden político y económico mundial está siendo cuestionado. Todo al mismo tiempo.

Pero si hay algo que singulariza esta elección presidencial es el hecho que uno de los candidatos en competencia parece tener ya asegurado -antes de los resultados electorales- un lugar preeminente en la historia de los Estados Unidos. Llegue o no a la primera magistratura de su país, Barack Obama es un símbolo de un nuevo modo de hacer política. Calificado tanto por grandes historiadores como por simples ciudadanos como una figura transformadora al nivel de Nelson Mandela, John Kennedy y Martin Luther King, su campaña ha sobrepasado con creces el concepto electoral y se ha constituído en un movimiento social comparable al de los derechos civiles de la década de los sesenta. ¿Qué explica que en sólo cuatro años –desde la convención demócrata de 2004- un desconocido joven de color se haya convertido en el político más popular del mundo?

Contrario a lo que pudiera esperarse en los cínicos tiempos que corren, su meteórico ascenso no es el resultado de una estrategia creativa de marketing. Obama es un hombre cuya biografía necesita poca promoción para generar reconocimiento. La lectura de sus libros y su diario desempeño en la arena pública revelan no sólo que es un tipo brillante, sino además que su carácter ha sido templado por la adversidad. Su auto-disciplina le llevó a obtener las numerosas becas que pagaron por una educación de excelencia, ya que su familia vive mayoritariamente -hasta hoy- en la pobreza. Su carrera político-partidista, aunque breve, fue antecedida de otras formas de servicio público; y quizá sea precisamente esta variada experiencia pasada como humilde organizador comunitario, abogado de derechos civiles y profesor de derecho constitucional, lo que le permite combinar intelecto y emoción para ganar la voluntad de los más desencantados.

Pero si Obama ha dado un golpe de timón a la política de su país no es porque sea un tipo capaz, carismático y bien intencionado – de ésos siempre hay algunos entre los políticos. Tampoco porque simplemente llegó el momento de la alternancia en favor de su partido, o porque la base política de su distinguido contendor esté intrínsecamente debilitada, o porque su campaña reunió más dinero. Lo que verdaderamente explica su éxito es la construcción de una narrativa propia que se enraiza en la tradición más antigua y noble del ideario colectivo de su país. Y si tal relato suena poderosamente verdadero en la boca de un político, no es ciertamente por sus dotes oratorias, sino porque éste encarna en su propia vida los ideales en que cimenta su discurso. Barack y Michelle Obama son dos buenos ejemplos de meritocracia estadounidense más allá de los prejuicios basados en nociones de raza u origen social. La narrativa autentica construida por Obama encaja entonces como perfecta continuación del relato que enlaza a Washington, Franklin, Lincoln, Roosevelt, Kennedy y King; y brinda nuevos bríos al concepto de sueño americano sobre el cual se fundó esta nación de inmigrantes y que se define a sí misma por su espíritu optimista, pionero y libertario. Por ello, sea o no Presidente de su país, la figura de Barack Obama representa fidelidad a los valores de esfuerzo personal, tolerancia y el respeto a la diversidad; y este discurso viviente refresca la mejor imagen que Estados Unidos tiene de sí mismo y aspira a mantener frente al mundo.

Políticos de todas latitudes ya están tomando nota y tratarán (ya lo hacen!) de replicar sus discursos, su gráfica, su técnica de recolección de adherentes y fondos; en todo ello habrán ciertamente pequeñas lecciones útiles del fenómeno Obama. Sin embargo, la verdadera moraleja de la historia es que, particularmente en momentos de crisis, un relato construido sobre la autenticidad por sobre el marketing; enfocado hacia la reconciliación y la esperanza; hacia la unidad por sobre la división; y a partir de ideas propias y no la mera descalificación del adversario, tiene el potencial de generar una épica imparable. Esa es la lección más difícil de copiar, y a la cual se debe en gran medida el que probablemente mañana (a menos que todas las encuestas estén equivocadas), el país donde nada es imposible nos sorprenda para anunciarnos que un delgado hombre de color, de aspecto todavía joven y nombre extraño, se ha convertido en el nuevo Presidente norteamericano.