Columna ► Los cerezos de Washington DC

*Esta columna fue publicada en “De la A a la Z”, mi espacio en La Tercera Blogs, en 2009.

CCrfNQEWMAACeBAEsta semana, la capital de Estados Unidos se viste de gala para celebrar un fenómeno cuyo arrastre popular sólo se compara a los festejos de la inauguración presidencial. Se trata de la floración de los cerezos en Washington (el National Cherry Blossom Festival“), un masivo evento turístico nacional. ¿Un festival de árboles? Así es: todo comenzó con un regalo hecho a la ciudad hace casi un siglo por la Embajada del Japón, país cuna de esta festividad (allí llamada  “Sakura Hanami”.)

Pero si en Washington estos árboles son grito y plata, en Japón ellos ocupan un lugar esencial en la cultura del país. Su flor es símbolo nacional y motivo frecuente en la poesía, literatura y pintura niponas. En una tradición que se remonta varios siglos, los japoneses planifican excursiones en familia para sentarse bajo los árboles a honrar el comienzo de la primavera. Es la efeméride mas esperada del calendario, y tanto los japoneses como los norteamericanos estiman que hay que aprovecharla al máximo, pues los árboles sólo florecen entre 8 a 12 días al año. En Washington, ocupados oficinistas se hacen el tiempo antes del trabajo o en sus horas de almuerzo para correr en masa a contemplar… flores. La celebración incluye eventos musicales, pirotécnicos y gastronómicos cuya fecha es incierta, pues depende de las variaciones climáticas que afectan la floración. Por eso, en Marzo y Abril el pronóstico del tiempo local incluye predicciones sobre la floración, y el Washington Post monitorea minuto a minuto la evolución de los capullos.

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¿Y qué es lo que amerita tanta locura gringo-japonesa por un simple árbol? Pues bien, los fans estiman que el color y la forma de la flor del cerezo simbolizan pureza y simplicidad (juzgue usted mismo las imágenes). Curiosamente, el resto del año el mentado cerezo parece no tener gracia alguna (la especie en cuestión no produce frutos comestibles). Por lo tanto la corta duración de sus flores (no más de una semana), evoca lo efímero de la belleza. Por otra parte, la fragilidad de las mismas sugiere la inestabilidad de la existencia. Basta un poco de viento para que el cielo se llene de nubes de pétalos blancos.

Aunque parezca increíble, por una semana, y aún en tiempos de crisis económica, la población de Washington deja de lado el estrés de la rutina diaria para salir a la calle a buscar la sutileza de un minuto junto a un árbol en flor. Lo ha aprendido del pueblo japonés, que cada año intenta descifrar el mensaje que la naturaleza ha escrito en los cerezos. Que la vida está constituída sólo por instantes, y aquellos que proporcionan felicidad pueden ser tan frágiles como un capullo. Que por cortos que sean esos momentos, merecen detenerse, ojalá en compañía de las personas que amamos. Que no se necesita esperar que ocurran grandes acontecimientos para para respirar hondo y agradecer que por lo que se tiene, o rogar silenciosamente por días mejores. Que la belleza no necesita sofisticaciones. Y que para sentirse vivo, a veces basta sentarse bajo un árbol y mirar hacia arriba… aunque no sea primavera, ni se trate de un cerezo.