Columna ► Imágenes Prohibidas, conversaciones pendientes

*Esta columna fue publicada en mi espacio “Caleidoscopio” de Voces de La Tercera. Tuvo un eco muy positivo en redes sociales.

Screen Shot 2015-04-16 at 23.21.03La semana pasada la prensa reportó ampliamente el récord de audiencia de la serie Chile, las imágenes prohibidas, la cual ha superado en rating a la comedia más vista de los últimos años (“Soltera otra vez”). Retratando la misma época histórica, otros productos audiovisuales (“Los 80”, “Los archivos del Cardenal”, la película “No”han alcanzado también gran éxito. En temporada de elecciones, como la que estamos viviendo, las preguntas sobre el pasado se repiten una y otra vez (“díganos ¿fue o no dictadura el gobierno de Pinochet?” es la clásica pregunta a los candidatos de derecha).

¿Por qué sigue generando tanto interés en Chile lo sucedido hace 40 años?

Muchos podrán preguntarse – algunos con exasperación-, hasta cuándo seguimos reflotando lo que pasó hace cuatro décadas. Podrán sugerir que ya han sido suficientes películas y programas de televisión, suficientes libros y columnas sobre esos años, y suficientes canciones de protesta; suficientes esfuerzos institucionales, mesas de diálogo, expedientes judiciales, y fondos destinados a compensar a las víctimas; suficientes romerías a los cementerios, y suficiente el Museo que se construyó para recordar las violaciones a los derechos humanos. Esas voces convocarán a mirar el futuro, y dirán que seguir recordando es malgastar energía frente a los problemas de la actualidad.

No obstante, la solución a los problemas del presente y la construcción de ese futuro se complican porque a Chile lo atraviesa una división en dos bandos. El bueno es donde está parado cada cual; y el de enfrente, por definición, está conformado por gente malintencionada, ignorante o estúpida. ¿Es posible conquistar el desarrollo sin aumentar la amistad cívica, sin superar tan profunda frontera interna? Parece difícil.

¿Qué nos falta para dar vuelta la página?

Evidentemente, el tiempo hace parte del trabajo. Es el tiempo, y no las disquisiciones académicas ni los dictámenes oficiales, el que ha impuesto el término “golpe” por sobre “pronunciamiento”, y el de “dictadura” por sobre “régimen militar”. Será el tiempo el que ayude a acercar las interpretaciones de la historia.

Pero hay algo que ni el tiempo ni las instituciones pueden hacer.

Podemos discrepar sobre las causas del quiebre de la democracia en Chile y sobre la valoración de los 17 años posteriores. Podemos atribuir la culpa de lo vivido en ese tiempo, o gran parte de ella, a uno u otro lado. Pero sobre lo que existe certeza, es que en ese período de nuestra historia reciente se cometieron crímenes por parte del Estado. Hechos horrendos ocurrieron, no en África ni en un gulag siberiano, sino en nuestras calles: en La Reina, en Pudahuel, en Ñuñoa, en Tejas Verdes, en la Patagonia, en Pisagua. Hechos de los que muchos chilenos, aún hoy, no están enterados. En una escala suficiente para trizar el alma nacional, chilenos se atacaron entre sí hasta el punto que la gravedad de la herida supera a la importancia de saber quién comenzó la pelea. Un dolor así no puede ser compensado. Sólo aliviado, si se lo acoge.

El instante más emotivo del programa conducido por Benjamín Vicuña fue la entrevista (minuto 36 a 39) a la señora Corina Maureira, cuyo padre y hermanos fueron asesinados en el caso conocido como Hornos de Lonquén. La señora Corina termina su relato pidiendo “que nunca más algo así suceda”. Vicuña, hijo del Chile privilegiado que creció sin conocer de cerca estos crímenes, la escucha con empatía; al concluir, la abraza en silencio. La señora Corina da las gracias. Ambos lloran.

El persistente interés por el pasado sólo refleja que entre nosotros, los chilenos, todavía hay conversaciones pendientes que esperan una salida. Momentos en que personas que vivimos y pensamos de modo diametralmente distinto podamos hacer el esfuerzo de encontrarnos y escucharnos como simples seres humanos sujetos al dolor. Espacios donde se pueden dejar de lado las diferencias sociales, las ideologías, y los fútiles intentos por convencer al otro de que está equivocado; y, simplemente, dejar fluir la humanidad.

Una conversación con respeto por el del otro bando. Un gesto.

Hagámoslo.