Columna ► Migrantes: bajo el sol forastero

*Esta columna fue publicada en mi espacio “Caleidoscopio”, de Voces de La Tercera. La notoriedad del fenómeno migratorio en Chile en años recientes explica que este texto tuviese amplia circulación en redes sociales.

Screen Shot 2015-04-16 at 23.44.56Tomar transporte público en un barrio acomodado, y que la persona sentada cerca nuestro arrisque la nariz, se aferre a su cartera, o se cambie de asiento. Hacer un trámite en un idioma que no se habla con fluidez, y ser humillado por el funcionario público a cargo. Esperar atención en una farmacia, y recibirla en último lugar, a pesar de haber llegado primero. Caminar tranquilamente por la calle, y de la nada recibir unos gritos de “ándate a tu país”.

Son experiencias esporádicas, pero igualmente chocantes, que me ha tocado vivir en países del norte de Europa.

Soy una migrante chilena altamente calificada; pero en estos países lejanos al mío, fuera de mi oficina, en la calle, soy simplemente una persona morena más, un pasaporte latino más. Aún en naciones altamente desarrolladas y que cuentan con políticas avanzadas contra la discriminación y elracismo, ser migrante y tener un color distinto al que predomina localmente es una experiencia con bemoles en la vida cotidiana.

Hace un par de semanas, la prensa reportó que, a nivel sudamericano, según un informe de la ONU, Chile es el destino más atractivo para los migrantes. El número de inmigrantes en Chile ha crecido de forma acelerada (de 107 mil a casi 400 mil entre 1990 y 2013). En poco tiempo, pasamos de ser el último rincón del mundo, a uno apetecido para radicarse por su estabilidad política y el vigor de su economía.

¿Cómo está Chile tratando a estos migrantes?

Legalmente, un nuevo marco jurídico migratorio está siendo tramitado en el Congreso. Hay consenso en cuanto a que la ley vigente de extranjería (que data de 1975) no permite lidiar adecuadamente con el flujo migratorio que Chile experimenta en el actual contexto económico (globalización y situación cercana al pleno empleo).

Pero más allá de los necesarios cambios regulatorios, el concepto de migración ha cambiado: ya no es una súplica ocasional que el fuerte concede al débil a su  arbitrio, sino un derecho humano internacionalmente reconocido, que debe ser respetado como tal también a nivel nacional. Y dado que un alto número de los migrantes pertenecen a pueblos indígenas americanos o afroamericanos, es destacable el que la ONU haya señalado repetidamente que tanto la legislación como las políticas públicas del Estado chileno están lejos deimpedir la discriminación racial, como consagran distintos tratados internacionales de los que Chile forma parte.

A nivel regional, dos nuevas convenciones interamericanas contra el racismo y la intolerancia fueron recientemente aprobadas en la OEA. La discusión sobre la nueva ley migratoria nos brinda entonces una oportunidad para ponernos al día con nuestros compromisos internacionales y regionales -que también existen para proteger a los chilenos en el exterior-, dándoles la implementación adecuada.

Ahora bien, dejando por un momento de lado consideraciones legales y también las meramente utilitarias (porque los migrantes son mano de obra barata, o tienen calificaciones que no se encuentran a nivel local), lamigración es un fenómeno humano. Si los chilenos discriminamos entre nosotros por colores –ni qué decir a nuestros pueblos originarios-, cabe preguntarse si acaso estamos preparados como sociedad para acoger la diversidad multicolor que aporta la inmigración.

¿Estamos dispuestos a abrir espacios públicos y privados a los inmigrantes, y a tratarlos por igual -ni mejor ni peor- que cualquiera de nosotros como clientes, trabajadores, alumnos, amigos o pololos de nuestros hijos? ¿Estamos preparados para valorar un crisol racial, y ser capaces de promover, en la mesa familiar, en la escuela y en nuestros lugares de trabajo, el respeto a esa multiculturalidad propia del país abierto al mundo que decimos ser, o que aspiramos a ser? Al menos, algunas iniciativas en el sistema público de educación (como el programa de migrantes y antidiscriminación de las escuelas de la Municipalidad de Santiago, que cuentan con un 35% de alumnos de origen extranjero) son signos alentadores en este sentido.

Todo migrante, calificado o no, y cualquiera sea su raza, nivel cultural y socioeconómico, vive una experiencia dura: integrarse a una cultura y a un lenguaje que –coloquialmente, al menos- desconoce, mientras permanece lejos de su tierra y separado de sus padres, hermanos, amigos, y a veces, de su pareja y de sus propios hijos.

En el caso de los migrantes indocumentados, a estas circunstancias se le suman terribles padecimientos. Vivir hacinados, en estrés permanente; trabajar sin contrato por sueldos miserables y sujetos a toda clase de abusos, sin derecho a descanso ni acceso a seguridad social ni a la salud; y, aún así, enviar dinero a sus familias en sus países de origen, a costa de mil privaciones.

Nadie duda que es importante asegurar el cumplimiento de la ley y controlar la inmigración ilegal, pero en ello una importante consideración –sobre todo para un país que se precia de su modernidad, su apego al derecho y en particular su compromiso con los derechos humanos- debería ser la protección a personas que están en una situación extremadamente vulnerable.

Los chilenos hemos sido y continuamos siendo migrantes en tierras lejanas. Ahora nos toca sensibilizarnos ante la realidad opuesta: ser nosotros el destino de nuevos migrantes. Un migrante no pide caridad, sino ganarse la vida como los demás, aprovechando oportunidades laborales que a menudo el propio país no puede brindar. Calificado o no, el migrante se merece el mismo trato: un trato justo. El mismo que querríamos para nosotros, si fuéramos nosotros los que tuviéramos que buscar oportunidades bajo soles forasteros.

Y a veces, el trato justo es algo tan simple como no sentirse discriminado en la farmacia, mirado con resquemor en el ascensor o la micro, o humillado en la ventanilla de una dependencia pública por no saber la palabra adecuada.

La más importante política pública de trato a los migrantes no es la que decida el Congreso, o este Gobierno o el próximo, sino la que implementamos cada uno de nosotros, con nuestros comportamientos cotidianos.

El permitirle al forastero de cualquier color ganarse el pan con dignidad, como lo hacemos todos.

Dejarlo caminar en paz, sin gritos, sin burlas.

No es mucho pedir.