Columna ► El país de la “Lola Pop”: mujer y modernidad

*Esta columna fue publicada en mi espacio “Caleidoscopio”, de Voces de La Tercera.

Screen Shot 2015-05-16 at 01.33.18A primera vista, un país como Chile, en cuya elección presidencial participan tres mujeres de nueve candidatos (incluyendo las cartas de las dos mayores coaliciones políticas), da la impresión de ser un país donde las barreras para la inclusión y el liderazgo de la mujer han quedado atrás. Una nación donde todo indica que una mujer será elegida Presidenta por segunda vez, debería ser, al menos en el contexto latinoamericano, un país moderno ¿verdad?

La realidad, sin embargo, contradice esta impresión. ¿Sabia usted, estimado lector, que  Chile se encuentra entre los países menos desarrollados del mundo en cuanto a la igualdad de género? En un informe presentado la semana pasada por el Foro Económico Mundial, Chile aparece en el grupo de los peores países del mundo para ser mujer (lugar 91 entre 136 economías; nuestro vecino de ranking es Angola). Triste distinción que se explica por nuestro nulo avance reciente en aspectos de participación y oportunidades económicas para las mujeres, salario equivalente por trabajo similar y empoderamiento político.

Por otro lado, la OCDE, ese exclusivo club de países desarrollados al que con tanto orgullo pertenecemos, destacó en su reciente informe sobre Chile que las tasas de participación laboral de la mujer en nuestro país siguen siendo bajas en comparación con otros países de la organización y de América Latina, y reiteró la importancia de hacer reformas que permitan superar las barreras actuales, incluyendo el cambio de actitudes sociales respecto a las mujeres a través de la educación.

Estos negativos indicadores no se condicen con nuestro supuesto estatus de modernidad a nivel mundial. Y aclaremos, esto no se trata simplemente de ser más amables con las mujeres. La ONU considera la desigualdad de género como causa y efecto de pobreza y hambre.

Bueno, podría replicarme usted, esto de los números son aproximaciones. Es obvio que en la actualidad las mujeres son iguales, o casi iguales, a los hombres. Sólo un cavernícola podría oponerse al progreso. Antes era distinto: se entendía que existieran las feministas. Hoy hay gente encargada de este tema en el gobierno. Existe el Sernam ¿no?

De cierto modo, señor lector, quizá ese sea el problema. Que después de haber alcanzado algunos hitos (un ente público dedicado al tema de género, una Presidenta de la República, y en cierto momento, un gabinete paritario), los chilenos nos hemos convencido de que la desigualdad de género es tema de expertos en estadísticas, y no uno que valga la pena discutir regularmente en la arena pública. Probablemente, por esta razón es que muchas cosas como las siguientes pasan desapercibidas.

Que las mujeres sean más de la mitad del electorado en Chile (52.4%) pero sólo el 13.9% de los parlamentarios (una de las tasas más bajas de representación a nivel mundial).

Que la participación de la mujer en el mercado laboral corresponda al 46% de la fuerza laboral, y que el ingreso per cápita de los hombres duplique al de las mujeres.

Que el 50% de los estudiantes de pregrado universitarios sean mujeres; pero que sólo el 29% de los investigadores en educación superior, el 5% de los gerentes de empresa, y alrededor del 2% de los socios de los bufetes de abogados, sean mujeres.

Que los líderes de opinión pública con mayor tribuna en prensa, los presidentes de los colegios profesionales, los rectores de las universidades, los grandes empresarios, los embajadores, las figuras honradas a través de nombres de calles, plazas y estatuas, y los premios nacionales en todas las áreas, sean hombres, en aplastante mayoría.

No obstante, el que los chilenos nos hayamos sentado en los laureles de ciertos hitos ya obtenidos no puede ser la única explicación para la vista gorda que hacemos ante este nivel de desigualdad para las mujeres. Parece evidente que nuestro desarrollo económico no es suficiente para romper una inercia generalizada, y particularmente una resignación de las propias mujeres, ante una cultura, trasmitida de padres a hijos(as), en la cual la contribución de la mujer a la sociedad tiene menor valor que la del hombre; y por lo tanto, a ella le toca aceptar con más frecuencia un trato injusto. En el Chile moderno, por más que las mujeres hayamos logrado acceder a mayor educación que generaciones anteriores, el modelo no ha cambiado. Aún se nos programa desde niñas para aguantar con abnegación sacrificios que al hombre no se le piden y para tratar de lograr aceptación a toda costa, incluyendo tolerar gran presión social respecto a nuestra apariencia física (basta observar cómo los medios dirigidos a mujeres de todas las edades refuerzan esta inseguridad y lucran con ella).

Esta resignación podría explicar que en la sociedad chilena, al parecer, a nadie le hace mayor ruido la burda utilización del cuerpo de la mujer, ya sea como gancho publicitario para vender lo que sea (hamburguesas, helados, música); o bien, derechamente como mercancía (qué mejor ejemplo que la aceptación social del café con piernas, invento chilensis donde el café es lo que menos importa). En este Chile moderno, a nadie parece importarle demasiado que una “Bomba 4” o “Lola Pop” semidesnuda aparezca diariamente en la portada de un matutino desde hace décadas (se imagina ud. que un diario llevara en portada a un “Lolo Pop” semidesnudo todos los días?). Tampoco el que chicas en televisión abierta aparezcan con poca ropa en horario familiar (hombres con escasa ropa se ven mucho menos). Tan incorporado está el sexismo a nuestra cotidianeidad, que ya no lo vemos. Tan asumida está la inferioridad de la mujer, que no sorprende que, como sociedad civil, hagamos poco para combatir visiblemente abusos que son pan de cada día: toqueteos en el transporte público, insinuaciones del jefe frente a la empleada, exigencias irrazonables respecto a la apariencia para poder postular a un trabajo o progresar en él. Esta cultura también explica que pese a integrar crecientemente la fuerza de trabajo, la mujer siga asumiendo sola la mayor parte de la carga de crianza y trabajo doméstico (con el desgaste que eso conlleva); y que aquella que reclame por estas circunstancias enfrente cuestionamientos a su femineidad, o cuando menos a su sentido del humor. El hombre que se atreva a desafiar estas convenciones sociales será, por supuesto, también cuestionado en su masculinidad.

Más allá de la importancia de contar con ejemplos de liderazgo político femenino, es esencial darnos cuenta que la igualdad en el trato a la mujer es un aspecto central de la construcción de una sociedad más justa. Por lo tanto, no es un tema que se haya agotado en reivindicaciones feministas de décadas pasadas y que hoy sólo concierna al Sernam, aunque sea evidente que las políticas públicas pueden hacer mucho para remediar la desigualdad de género. Medidas que aumenten la inclusión en el mercado laboral a todo nivel, que aseguren la justicia de los salarios, que permitan la flexibilidad del horario de trabajo, y que promuevan activamente una mayor equidad en la distribución de las responsabilidades de cuidado infantil y domésticas, son muy necesarias.

En el pais de la Lola Pop no podemos esperar que la mayor justicia en términos de género caiga del cielo como medida del gobierno de turno. Nuestro silencio o nuestra protesta ante los abusos que vemos todos los días en la calle, en el trabajo, en los medios de comunicación, es lo que determinará, para nuestra generación y la que sigue, el límite de lo que es un trato aceptable para las mujeres.

En la república independiente de nuestras casas, todos los días es día de elecciones.

De nosotros depende elegir la equidad.