Columna ► Chile: las rucas del reencuentro

*Esta columna fue publicada en mi espacio “Caleidoscopio”, de Voces de La Tercera. Tuvo amplia difusión en redes sociales.

Screen Shot 2015-04-16 at 14.50.51Los blancos edificios que aparecen en la fotografía que introduce esta columna, no son pequeños observatorios astronómicos. Tampoco modernas instalaciones para turistas. Son rucas. Rucas gigantes que conforman -fíjese usted- un hospital público chileno: el Hospital Intercultural “Kallvu Llaka” de Cañete. En este recinto -cuyo nombre significa, en mapudungún, “La Joya del Universo“-, la medicina convencional se complementa con la medicina mapuche para la mejor asistencia sanitaria a la población local.

Aunque no es el primero de su tipo en el país (existe un Hospital Intercultural en Nueva Imperial), el nombre está muy bien puesto, porque este bello edificio es ciertamente una joya (ver galería fotográfica). Su diseño, trabajado conjuntamente con la comunidad local, decidió integrar, más allá de los costos que ello acarreara, la cosmovisión mapuche. Los expertos tras el proyecto, han dicho que el conjunto representa la trapelacucha (el collar mapuche de plata que simboliza los sentidos o los distintos caminos que tiene la vida), mientras que las formas curvas de la ruca evocan la comunidad, unida en torno al fuego.

En medio del vendaval electoral que vivimos, la inauguración de este notable hospital, hace algunas semanas, no tuvo el eco noticioso que merece. Considerando que las malas noticias suelen destacar mucho más que las buenas, debiera ser para todos un orgullo que del aparato público surjan iniciativas como ésta.

Porque el valor de este proyecto va más allá de su aporte al sistema público de salud, o al paisaje urbano. La arquitectura es la representación última, a gran escala, de una idea en el mundo físico; y estas rucas blancas fueron concebidas para promover el encuentro de dos culturas en pro de un bien superior, como es la salud de la comunidad. Un edificio, por lo tanto, no es sólo una estructura, bonita o fea, de concreto o madera. Es también una actitud, una forma de ser y hacer.

Iniciativas interculturales como la que este hospital encarna, merecen amplia difusión, porque la sociedad chilena, con sus profundas divisiones, no está precisamente sana. La segregación social, racial, geográfica y escolar instaurada entre nosotros ha redundado en la existencia paralela de varios Chiles que no quieren vivir juntos: están separados por rejas afiladas, o enormes distancias físicas y sicológicas. En este contexto de aislamiento y exclusión, no sorprende que sólo un 13% de los chilenos crea que puede confiar en los demás, y que el 70% piense que otros intentan sacarles provecho. Esta desconfianza también se manifiesta respecto de las instituciones públicas y privadas. Así, son muy pocos los eventos o circunstancias donde caen las barreras que nos separan en el día a día, y convergen todos los Chiles. Fuera de esos momentos, esas barreras hacen difícil avanzar juntos. Los que venimos de un lado, poco conocemos al del otro, y menos vamos a apreciarlo.

Estamos tan acostumbrados a la polarización, que en política a nadie le extraña que los adversarios actúan como enemigos. Los proyectos respectivos son presentados como visiones completamente antagónicas de la sociedad: no hay coincidencias. Marcar identidad propia significa ridiculizar al oponente. El bando bueno, virtuoso y moral, por supuesto, es donde está parado cada cual; mientras que en el de enfrente, la gente es tonta, ignorante o malvada. Hay días en que el nivel del debate público no es distinto al de una riña entre celebridades de un reality.

Después de la Segunda Guerra mundial, con motivo de la reconstrucción del Parlamento británico, dañado por los bombardeos, Winston Churchill (a quien tantos políticos chilenos dicen admirar), pronunció la siguiente frase: “Nosotros moldeamos nuestros edificios: luego, ellos nos moldean a nosotros“. Pues bien, el progreso de Chile requiere muchas más rucas blancas y amplias que nos moldeen hacia la integración. Necesita que sus autoridades decidan, con urgencia, encarnar más unidad, manifestar más respeto por el contrincante, y que esa grandeza de espíritu se traspase a obras, leyes, y gestos. Necesita que los espacios propiamente públicos, tanto físicos como inmateriales, nos permitan reconocernos como una comunidad que debe sanar heridas del pasado aún abiertas.

Chile necesita espacios donde se alimente el reencuentro de las facciones en las que nos hemos atrincherado, donde sean acogidos con idéntico respeto, el mapuche, el huinca, el mestizo y el inmigrante recién llegado; el cuico y el flaite; el santiaguino y el provinciano; el derechista y el izquierdista; el rubio y el moreno; el religioso y el ateo; el hétero y el gay; el hombre y la mujer; los viejos, los jóvenes y los niños. Donde el calor y la luz de un fuego común nos permita mirarnos de frente, abrirnos a realidades de otros chilenos que no conocemos, y admitir y celebrar nuestra hermandad básica, desechando los prejuicios, el resquemor y la rabia. Donde podamos buscar aquello que nos une, más que lo que nos separa.

Un país con más, muchas más, rucas blancas.