Columna ► Perú-Chile: regreso al futuro

*Esta columna fue publicada en mi espacio “Caleidoscopio”, en Voces de La Tercera (Chile).

Screen Shot 2015-04-16 at 13.13.38En todas las familias hay hermanos que no se llevan del todo bien. Hermanos que a pesar de compartir numerosos lazos y una infancia relativamente armoniosa, en la adultez desconfían mutuamente y coleccionan un rosario de agravios mutuos. Tal desconfianza lleva fácilmente a malos entendidos que pueden transformarse en heridas que toma tiempo cicatrizar. Una disputa significativa entre hermanos puede terminar, si ambos evitan la violencia, en un juicio. En todo caso, que el pleito de dos hermanos –que además son vecinos- deba ser dirimido por un juez, dista de ser una situación ideal. Supone que otras vías para solucionar el conflicto fracasaron; supone alterar el clima familiar por un tiempo prolongado; supone también, para cada parte, largas esperas, altos costos monetarios y el riesgo de una derrota material y moral. Así sucede con Perú y Chile.

Pero como sabemos los abogados, a veces las ventajas de un juicio superan los inconvenientes.

Indudablemente, que sea esta Corte la que resuelva la controversia y no una instancia arbitral ad-hoc –como sucedió en nuestros casos con Argentina-, es algo beneficioso. La Corte Internacional de Justicia, como institución de Naciones Unidas, es uno de los más importantes garantes de la paz y la seguridad internacional. Que el país que reclama una situación de falta de acuerdo limítrofe e inequidad del status quo haya podido exponer ante el mundo entero sus argumentos es, en sí mismo, reparatorio. Que la contraparte que defiende la existencia de acuerdos previos cimentados en una práctica sostenida por décadas haya podido detallar públicamente tales antecedentes es, a lo menos, tranquilizador. Además, desde el punto de vista práctico, haciendo abstracción del mecanismo de ejecución de las sentencias de la Corte que contempla el artículo 94 de la Carta de la ONU –raramente utilizado-, en los hechos resulta más fácil aceptar y dar cumplimiento a una sentencia si el Tribunal que la emite tiene carácter permanente, goza de prestigio por su nivel técnico y ha visto legitimado su trabajo ante los países involucrados, por medio de una amplia divulgación.

Pero la más obvia ventaja de este largo, costoso y mediático juicio es que pondrá fin de manera autoritativa a una cuestión que a pesar de los esfuerzos de ambas Cancillerías, ha afectado la relación bilateral. Sea cual sea el fallo, una vez agotada la polémica inicial de rigor, cada país comenzará una etapa nueva en su política exterior: una en la que esta delimitación marítima ya no será tema.

El último día de los alegatos, cuando la Corte había abandonado la sala de audiencias y la prensa hacía su trabajo en el exterior, fui testigo de ciertos momentos que evocaban precisamente ese auspicioso tiempo futuro. Miembros de un equipo felicitando hidalgamente al otro por un trabajo bien hecho. El visible cansancio, mezclado con satisfacción, de los agentes, co-agentes y asesores internacionales. El entusiasmo de los más jóvenes de ambas delegaciones, fotografiando abrazos para la posteridad. Camaradería generalizada al final de una desgastadora batalla librada con gallardía, y que ya ha terminado. Alivio, porque dentro de poco todos podemos dar vuelta la página.

El próximo 27 de Enero, las Partes acudirán a oír la sentencia. Ese será un momento clave, de esos que sólo se dan una vez por siglo, para demostrar verdadera altura de miras. Para que el vencedor reaccione con prudencia y para que el vencido sea tratado con dignidad. La historia nos enseña que las imágenes de esos comportamientos, los recuerdos de esas voces, quedan grabados para siempre en la memoria de los pueblos. Y que únicamente el respeto mutuo, sostenido en el tiempo, puede abrir camino para que dos hermanos puedan finalmente dejar el pasado atrás, llevarse mejor y pasar del parentesco obligado, a desarrollar la amistad. El fin de este juicio es sólo un punto de partida para el regreso al futuro.